Sellar y cocer la carne: En una olla grande con agua hirviendo, introduce los trozos de carne de cerdo. Es fundamental que el agua esté a alta temperatura para que la carne conserve sus jugos. Añade el ajo rallado, la sal, la pimienta y el comino. Reduce la intensidad a fuego bajo para que la cocción sea lenta y constante; esto garantiza que el cerdo quede blandito y no se arrebate.
Preparar el ahogado de ají: Mientras la carne se cocina, lleva el ají amarillo y el ají colorado a una sartén a fuego medio. Este paso es el secreto del éxito: debes cocinar los ajíes con un poco de agua, removiendo constantemente. Agrega más agua cada vez que se evapore hasta que el ají cambie a un tono más oscuro y brillante. Este proceso de cocción prolongada evita malestares estomacales y elimina el amargor del fruto.
Integrar sabores: Una vez que el ají esté perfectamente cocido, incorpóralo a la olla principal donde se encuentra la carne. Mezcla con suavidad para que el jugo comience a tomar ese color vibrante. Añade la rama de hierbabuena fresca; este es el truco de las abuelas para que el chancho no resulte pesado y aporte un frescor inigualable.
Cocción larga: Deja que todo hierva por al menos dos horas. La paciencia es el ingrediente principal para que el sabor del ajo y los condimentos penetren hasta el centro de la carne.
Espesar el caldo: Cuando la carne esté en su punto exacto de suavidad, es momento de darle cuerpo al fricasé. Espolvorea las tres cucharadas de pan molido sobre el caldo hirviendo y remueve. Verás cómo la textura se vuelve densa y suculenta.
Servir con tradición: En un plato hondo, sirve una base generosa de mote y chuño. Coloca encima las presas de cerdo asegurándote de incluir un trozo de cuerito. Baña todo con abundante jugo caliente. Acompaña con rodajas de locoto para los valientes y, por supuesto, una marraqueta para no dejar ni una gota de esta delicia en el plato.